Editorial


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CRISIS DE LAS UNIVERSIDADES PÚBLICAS


Ing. Gonzalo Ruíz Martínes
Rector UNIVALLE

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El concepto de universidad decadente, debido a la crónica inestabilidad interna, a la fragilidad de su estructura administrativa, al paródico desarrollo académico y a los engañosos resultados, no se refiere a la institución creadora y buscadora de la verdad, sino a la universidad pública, agotada por la corrupción, por la hipertrofia administrativa, por la mediocridad y, lo que es peor, por la privatización de la autonomía y el cogobierno universitarios en favor de partidos o grupos políticos o de amigos.

Este fenómeno, tan peligroso socialmente, está creando desánimo en la juventud,  provocando,  inclusive, tedio en la población universitaria.

En cierto grado, esta idea que tiene la gente sobre la universidad pública, es una consecuencia del comportamiento, durante las últimas décadas, que se ha reflejado y se refleja, en la ausencia de valores éticos en las decisiones, actitudes, comentarios y actividades de los directivos universitarios.

El incumplimiento de sus reglamentos y normas, el transtorno de los principios formulados en congresos, junto con la proliferación desmedida de parientes, correligionarios y amigos de los rectores, vicerrectores y de otras autoridades universitarias de turno, han contribuido al desarreglo institucional de las universidades públicas.

No se pretende que las universidades públicas se mantengan al margen de los acontecimientos sociales, como no puede mantenerse ninguna institución; a la inversa, deben participar en los procesos del desarrollo histórico, pero no llevando a las aulas la contienda de partidos, que en la calle sólo se disputan cargos y prebendas.

Las universidades deben intervenir en los procesos sociales, investigando cómo adecuar la ciencia a los requerimientos del país, creando investigadores y difundiendo, como misión básica, el conocimiento científico y la cultura, a lo ancho y largo del país.

Pero,  contrariamente a lo esperado, los que se han beneficiado con la privatización del gobierno universitario, es decir algunos partidos políticos  y grupos autonomistas, han incorporado elementos de corrupción y los han adecuado académicamente a sus propias necesidades, totalmente ajenas a los principios y fines de la educación superior.

La autonomía universitaria se ha convertido en el escudo que protege irregularidades. Este hecho es sórdido y tedioso, máxime, si la autonomía universitaria ha sido un valioso instrumento que evitó la intervención de poderes ajenos a la ciencia y la cultura, en el proceso de formación de profesionales y de investigación, por una parte, y, por otra,  en la utilización de la universidad para lograr fines opuestos a los declarados en tantos congresos universitarios y en los principios universales de las casas de estudios superiores.

Nadie es ajeno a lo que digo, ya que casos como el del rector de la Universidad Mayor Real y Pontificia San Francisco Xavier de Chuquisaca, junto con otra serie de irregularidades en otras universidades públicas, ratifican la lamentable situación que está carcomiendo los cimientos de las, otrora, venerables universidades.

Eso sí, mantienen formidables presupuestos y poseen infinidad de edificios, casas, y casonas en las que deambulan el irrespeto a la Constitución Política del Estado, el franco incumplimiento de sus propias normas, la impávida anarquía presupuestaria, la crónica hipertrofia administrativa, el prebendalismo, mediocridad y desactualización de planes y programas de estudio, bibliotecas, laboratorios y centros de práctica.

Lo peor de todo es que se ha ausentado hace años la conciencia universitaria, como consecuencia de lo cual se han despojado de conciencia nacional todas aquéllas personas que, desde hace varias décadas, se han dedicado a socavar, con maligna voluntad, los cimientos de esos, otrora, valiosos centros de formación profesional.

Este cuadro crítico se refleja en la realidad, de tal manera que ni los edificios de cristal ni las innumerables propiedades inmuebles pueden detener una crisis que, por el contrario, se agudiza más, porque lo que está destruido es el espíritu universitario, es la ideología de la ciencia y la moral.

Es patético, por otra parte, el hecho de que los principios que enarbolaron los universitarios en Córdova y, luego en Bolivia, contra la cátedra-púlpito, hoy se repite en algunas universidades públicas, en las que, el catedrático se erige en dueño y señor de su materia, simplemente por el hecho de haber sido nombrado docente, a veces, sin cumplir los reglamentos pertinentes.

La cátedra, concebida así, por grupos interesados, no sólo malogra los principios universitarios universales, sino que, destroza los perfiles profesionales, ya que las asignaturas de un plan de estudios, responden a un perfil, que debe ser únicamente el reflejo de los requerimientos de los planes y programas de desarrollo de un país y de las necesidades políticas, económicas, científicas y culturales de una nación.

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