Editorial
BOLIVIA, NACIÓN HETEROGÉNEA |
Ing. Gonzalo Ruíz Martínes |
El número de lenguas en la América conquistada y colonizada por los españoles y portugueses ha merecido varios estudios, entre los que -por supuesto- existen grandes diferencias. Este tema lingüístico es sumamente interesante y delicado, si se estudia, considerando que el desarrollo de idiomas y dialectos es la expresión política, económica, social y cultural de la evolución de la sociedad. Es decir que, las relaciones y comunicaciones, en un sentido muy amplio, como expresión de los momentos histórico-sociales, han apagado algunas lenguas y encendido y difundido otras.
La lingüística, por lo tanto, sola no podría interpretar la existencia fisiológica y espiritual de las lenguas. Requiere de otras ciencias y disciplinas, ya que al ser la expresión de nuestras facultades intelectuales y morales, a su vez, es la manifestación de las relaciones y de los pensamientos que se generan debido a causas internas o externas, en cada hombre.
La cuestión del lenguaje sale de los límites, inclusive de las ciencias fisiológicas, por lo que debe acudir al análisis fisiológico, a la ciencia del hombre, la antropología y, fundamentalmente, a la ciencia política. De ahí que, varios conceptos de Klaus Zimmermann adquieren un elevado grado de endeblez científica, porque su análisis lingüístico del quechua y el aymara prescinde de todas las ciencias que apoyan y con las que se relaciona la investigación sobre lenguas.
El surgimiento de lenguas y dialectos, lo mismo que la extinción como también la contaminación, son procesos netamente político-sociales y expresiones de etapas económicas concretas, que se desenvuelven como parte del avance histórico de naciones y pueblos.
Esta es la explicación general y básica de lo que ha ocurrido con las lenguas y dialectos de Sudamérica y Centroamérica, ocupadas por españoles y lusitanos durante la época colonial. Sin embargo, el proceso de las lenguas o dialectos, es decir la existencia activa y útil de ellos, se ha iniciado con el surgimiento del hombre y continuará normalmente con él. Quiere decir que la existencia activa, la contaminación y la extinción son procesos normales, que dependen directamente del grado de fortalecimiento y superación, que es constante, de las capacidades intelectuales, espirituales y religiosas y del avance -que nunca ha dejado de ser sostenido- de las ciencias y las técnicas.
En el desarrollo temprano de la humanidad, cada lengua era una coraza que protegía a un pueblo de dioses ajenos de herejías, de costumbres impías, de asaltantes y enemigos. Este escudo creaba un ambiente de hermetismo en el territorio de una lengua para protegerse de los bárbaros (extranjeros), que aumentaba o disminuía su calidad de herraje, según y de acuerdo con el grado de desarrollo social. Los pueblos menos desarrollados, en términos de producción y desarrollo cultural, colocaban más cerrojos; los más avanzados dejaban y se liberaban de esas murallas, construidas en la mente y las costumbres por ellos mismos, porque su desarrollo requería vender, comprar, aprender y enseñar.
El enfrentamiento de una lengua con otra u otras no era sólo eso, era fundamental y simplemente la expresión de políticas concretas de las naciones o pueblos. Entonces se producía, comúnmente, como consecuencia de acciones conquistadoras y colonizadoras, el sometimiento de los pueblos o naciones vencidos, generalmente e históricamente más atrasados.
Este proceso cruel de conquista y colonización, incluida una parte del período republicano, ocasionó la extinción de muchas lenguas. En unos casos la desaparición, porque dejan de utilizarla y en otras, el genocidio, es decir desaparición paralela de una lengua cuando se extingue una etnia, de manera que no haya quien la hable.
En la América Central, las matanzas marcaron el paso de los conquistadores, hasta el extremo de que se produjeron desapariciones de varias lenguas y dialectos, porque se aniquilaron tribus y grupos sociales íntegros. Se trató de millones de aborígenes, que no lograron satisfacer la angurria de oro de los españoles, por una parte y, por otra, porque se constituyeron en una constante amenaza, cabalmente por la venganza que clamaban, debido a las primeras matanzas.
Llegaron del país más pobre y atrasado de Europa, sin una política concreta para aplicar en América. Por eso, conquistaban sin proyectar la colonización y, por lo tanto, asesinaban y asesinaban los españoles, utilizando sólo la espada, ya que la cruz que llevaban los religiosos no tuvo tiempo de ser esgrimida, debido a la total desorganización y a la ausencia de criterios políticos.
Durante el Imperio Incaico, también se extinguieron lenguas, correspondientes a los pueblos sometidos por el régimen incaico. Esto quiere decir que la extinción y la contaminación son procesos sociales frecuentes, que reflejan el poderío y el sometimiento, pero también el desarrollo y la adecuación a nuevas realidades políticas, sociales y culturales.
Las lenguas, durante su proceso de desarrollo, desde hace centenas de años, nacieron, crecieron, se consolidaron, pero también envejecieron y muchas murieron.
Por lo expuesto, se debió analizar con mayor detenimiento la educación intercultural y bilingüe, que dispone la enseñanza monolingüe para los niños de la ciudad, y bilingüe para los niños del campo. Es decir que, se está castigando al niño del campo, que debe hacer un doble esfuerzo ya que, primero, debe aprender una lengua nacional originaria, como primera lengua, para después adquirir el castellano, como segunda lengua.
Mientras que el niño de la ciudad se educará en lengua castellana, pero será motivado para adquirir una lengua nacional original.
El Artículo 115 de la Ley No. 3937, de 20 de enero de 1.955, sin embargo, tomó previsiones, que interpretaron mejor, inclusive los requerimientos actuales: La acción alfabetizadora se hará, en las zonas donde predominen las lenguas vernáculas, utilizando, el idioma nativo como vehículo para el inmediato aprendizaje del castellano, como factor necesario de integración lingüística nacional. Para este efecto se adoptarán alfabetos fonéticos que guarden la mayor semejanza posible con el alfabeto del idioma castellano.