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El Tema de la Muerte de Dios en Nietzsche y |
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Artículo basado en el Trabajo de grado presentado para optar al título de Licenciado en Filosofía |
RESUMEN - Se parte de la constatación de que el mundo contemporáneo está plagado de muchos males, fruto de una "cultura de muerte", como la ha llamado el Papa Juan Pablo II, donde el hombre ha quitado de su vida a Dios como absoluto objetivo, como valor supremo y como referente moral para la convivencia social, para que, en pocas palabras, podamos afirmar que: Dios ha muerto, porque nosotros lo hemos matado. Esta manera de pensar y concebir la vida sin Dios, y sobre todo la última sentencia sobre la muerte de Dios, tiene su origen en la filosofía de Federico Guillermo Nietzsche. A través de sus escritos, especialmente de su obra Así habló Zaratustra, se descubren cuatro goznes (la transvaloración de los valores, la voluntad de poder, el eterno retorno y el superhombre), que sostienen, como convicción de fondo, la muerte de Dios. También el cristianismo sostiene la muerte de Dios en una cruz; pero las consecuencias de ambas posturas son muy diferentes: la muerte de Dios proclamada por Nietzsche conduce al hombre a la locura (así acabó su vida), al relativismo moral, al individualismo atroz y a sembrar la cultura de muerte de la que hablábamos al principio; mientras que la postura cristiana conduce a todo lo opuesto: a la esperanza, a guiar nuestros actos por valores objetivos y evaluables, a una convivencia social donde reine el amor, la justicia, la paz y el respeto por la vida del otro. La vivencia del cristianismo puede ser hoy una propuesta válida para contrarrestar los males que aquejan al ser humano, dando a Dios el lugar que le corresponde para que resucite el hombre.
INTRODUCCIÓN El hombre actual parecería que se encuentra inmerso en una cultura de muerte: leyes pro aborto, la matanza masiva en las guerrillas de Colombia, las guerras étnicas que viven las tribus africanas, el índice elevado de mortalidad infantil en nuestra América y en África, las muertes que se suman cada vez más por efectos del SIDA, el consumo de sustancias nocivas al organismo humano, las pruebas nucleares, la manipulación genética hacia la clonación de los seres humanos y muchas otras realidades nefastas que podríamos seguir enumerando. Nos encontramos en una época donde reina el egoísmo y la lucha por el poder. Es un tiempo de regresión al realismo ilustrado del siglo XVI; pero con la diferencia de que no posee un fin común, cada uno tiende hacia donde mejor le parece. También se resalta el hedonismo, donde prevalece el placer personal sin importar el otro. Reina la espontaneidad, el momento presente, ya no se tiene un proyecto o una visión de futuro. El hombre de hoy vive según su propio arbitrio. Dios ya no aparece como referente moral en la vida personal ni social. Se podría decir que Dios ha muerto.
La idea de la muerte de Dios hace referencia muy clara a Federico Guillermo Nietzsche, cuando lanza su grito desesperado afirmando que Dios ha muerto y que cada uno de nosotros lo hemos matado. Este filósofo arrogante fue tildado de "loco" por sus contemporáneos; pero hoy, en el mundo en que nos encontramos, donde sus ideas son actuales y recurrentes, las afirmaciones que lanzaba nos invitan a una reflexión profunda, interpelante y contrastante, para abrir senderos de esperanza en esta selva de desánimo y muerte.
Uno de los tantos pasos posibles para sacudir al hombre actual del sueño narcisista y cínico, sería el de abrirle los ojos a otra manera de entender la muerte de Dios para que haya vida y esperanza en el hombre. Nosotros, para cumplir con dicho cometido, hemos escogido el pensamiento cristiano por considerar que presenta una visión ecuánime e integral de quién es el hombre. ¿Cómo entender la muerte de Dios en Nietzsche y en el pensamiento cristiano?.
La hipótesis que ha orientado el trabajo es la siguiente:
Revisando la biografía y autobiografía de Nietzsche, advertimos que los principales temas de su filosofía (La transvaloración de los valores, el eterno retorno, la voluntad de poder, el superhombre, la muerte de Dios), tienen una conexión singular con la doctrina de sus obras. En Zaratustra, Nietzsche se muestra como el superhombre que da a conocer esta doctrina. Estos principales temas del pensamiento nietzscheano se articulan e integran en el de la muerte de Dios. Contrastando la idea nietzscheana sobre la muerte de Dios con la postura cristiana (Dios que muere en la cruz), se entrevé que la primera conlleva una transvaloración de los valores, un sinsentido de la vida que concluye matando al mismo hombre; mientras que la segunda da sentido y fuerza a la vida del hombre y lo transfigura desde el amor.
OBJETIVOS El objetivo general de nuestro trabajo ha sido contrastar la postura nietzscheana con la cristiana en referencia a la muerte de Dios, para poder dar algunas luces de orientación con respecto al sentido de la vida del hombre actual.
En función del objetivo general, nos trazamos los siguientes objetivos específicos:
Esbozar una biografía de Nietzsche desde autores como Werner Ross y Karl Jaspers.
Indagar una autobiografía de Nietzsche desde el Ecce homo y de los papeles dispersos que escribió en el psiquiátrico, la que más tarde será conocida como Mi hermana y yo.
Sintetizar las ideas principales de Nietzsche, a partir de su obra principal Así habló Zaratustra.
A partir de la visión de las ideas centrales de Nietzsche, observar el elemento común que vincula al interior de su pensamiento: la muerte de Dios.
Realizar una comparación paralela de la muerte de Dios que Nietzsche declara, con la del Dios cristiano, para entrever hacia dónde, una y otra, apuntan y guían al hombre.
METODOLOGÍA La metodología utilizada en este trabajo ha sido descriptiva, sintética y hermenéutica, debido a las siguientes razones: hemos realizado una síntesis, y a la vez una descripción de Nietzsche tanto de su autobiografía como de su doctrina filosófica que resalta en su obra Así habló Zaratustra. Todo esto a partir de una posición hermenéutica que nos ayuda a describir las dos posturas en el ámbito filosófico.
DESARROLLO 1.- Federico Guillermo Nietzsche (1.844 - 1.900)
Se puede conocer a Federico Guillermo Nietzsche, desde tres puntos de vista: Primero: se observa la biografía desde terceros autores, exponiendo su cronología. Segundo: desde su libro: Ecce Homo, donde él se elucida como un espíritu curioso - sui géneris - sólo para almas bellas. Tercero: la autobiografía desde su locura, reminiscencia de su infancia, la educación recibida, la lucha consigo mismo.
Desde estas tres perspectivas hemos estudiado la vida de Nietzsche y hemos podido leer entre líneas que su filosofía es una autovaloración de sí mismo plasmada sobre todo en su obra Así habló Zaratustra. Nietzsche, al tomar la figura semilegendaria del filósofo persa del siglo VI a. J.C., le presta su voz para "advertir que la auténtica rueda que hace moverse a las cosas es la lucha entre el bien y el mal" (Nietzsche, 1971: 125). Zaratustra tiene más valentía que los demás pensadores para decir la verdad. Y como buen persa tiene, según Nietzsche, la virtud de disparar bien las flechas, y no huye de la realidad.
Luis Jiménez comenta, en su libro El pensamiento de Nietzsche, la necesidad de un arte de interpretar (la hermenéutica) para leer su filosofía y poder descifrar el simbolismo de la obra (Jiménez, 1986: 433). Nietzsche afirma: "he filosofado con mi ser total y las ruedas del caos me han arrastrado al torbellino de la locura" (Nietzsche, 1969: 199). Se podría entender que toda su vida, junto a sus actividades, los cambios que hizo, los rechazos que experimentó, lo llevaron a la locura, porque oscilaba entre el deseo de ser dios y la condición de seguir siendo uno más de los hombres. Se arrojó a la llama de la locura para contemplar su apoteosis, queriendo poseer el derecho de sentarse en el lugar vacío que dejó Dios.
La filosofía de Nietzsche tiene una estrecha relación con la vida que llevó. En sus obras podemos descubrir cuatro ejes entrelazados por el tema de la muerte de Dios. Estos ejes o ideas centrales nosotros los sintetizamos en: la transvaloración de los valores, la voluntad de poder, el eterno retorno y el superhombre.
2.- Filosofía Nietzscheana: cuatro directrices entrelazadas por la idea de la muerte de Dios
2.1.- La transvaloración de los valores
Nietzsche, en su intento de despertar de su letargo al hombre, propone comprender el amor fati, amor que aspira a amar la tierra y no las esperanzas sobrenaturales, la necesidad de instintos buenos y malos, ser hábiles en crear nuevos valores y rechazar aquellos valores del amor, de la igualdad, etc. Ser creadores de nuevos valores en el hombre, no es crear valores nuevos, sino aceptar los valores como verdades que proponen en cada momento lo que es útil al hombre.
La transvaloración nietzscheana no se ocupa de la esencialidad de los valores, sino que es una axiología antropológica, dirá Jiménez Moreno (1986: 172), los valores serán descubiertos por el hombre mismo a favor de su vida misma, este valor es crear. Implica el no contentarse con los valores superpuestos, no vividos, sino en apreciarlos, hacerlos suyos por necesidad de la propia vida. Remarcando que transvaloración no es transformación (que una cosa pierde su forma para adquirir otra) Nietzsche reclama una nueva jerarquía de valores y no acepta la tradicional.
Nuestro filósofo, cuando habla sobre transvaloración de los valores coloca en labios de Zaratustra el tema de educarse para abandonar el espíritu paciente y adquirir el espíritu libre. Para esto se deben seguir tres pasos: pasar del estado de camello al de león y culminar en la figura del niño.
El camello es un animal de carga, todo lo soporta, incluso aquello que el hombre no carga. Esta figura "es la propia tontería para burlarse de la propia sabiduría" (Nietzsche, 1985: 49). Este espíritu ingresa en un momento de cansancio cuando se escucha a sí mismo, realiza una reflexión sobre su destino y se avergüenza de sí mismo. De esta manera camina hacia la conquista de la libertad. Este es el sujeto que vive más tiempo por poseer dentro de sí deseos de cambios (Nietzsche, 1968: 117-118).
El león tiene la característica de conquistar su libertad atrapando a su presa y así ser dueño de su propio destino. El hombre que tenga este espíritu buscará eliminar a su último señor y Dios, al "Tú debes", a la recta moral inculcada. De aquí nace el "Yo quiero". Superar ese peso milenario, una tradición de tradiciones, no será faena fácil porque la tradición es una actitud superior a la que se obedece, no porque manda lo útil, sino porque manda (Nietzsche, 1985: 178). El niño, desde su inocencia, capricho, exige aquella ilusión que siente. Todo hombre debe tener este espíritu para poder crear su propia voluntad.
Zaratustra, a través de estos pasos, anuncia que todo hombre transmundano debe superarse a sí mismo. Anuncia que se debe dar apertura a una nueva voluntad que nace del yo, "un yo que crea, que quiere, que valora y que es la medida y el valor de las cosas" (Nietzsche, 1985: 58), un yo que habla con honestidad y encuentra honores para el cuerpo y la tierra, un yo que enseña un nuevo orgullo, a no esconder la cabeza como el avestruz, sino a estimar, a querer ese camino que se recorrería a ciegas y llamarlo bueno.
Nietzsche, al proclamar el tema de la transvaloración de los valores, enseña a ser espíritu libre, de corazón libre, que ame la tierra, y el cual, a partir de esta voluntad de poder creadora, podrá dar cabida a una reorientación del sentido del hombre.
2.2.- La voluntad de poder
Zaratustra, al mostrar su transvaloración de los valores, enseña a dar apertura a la voluntad de poder creadora, una voluntad que quiere despertar al espíritu, antecediendo a la sepultura de ese amo y señor, que apaga todas las aspiraciones del débil, del esclavo, del sumiso. De esta manera enseña a superarse a sí mismo para acoger al hombre nuevo.
Para Nietzsche la voluntad de poder es identificada como la esencia más íntima del ser. "Es así que los valores son creaciones de la vida, según ella sea ascendente o descendente" (De La Vega, 1980: 518).
La voluntad de poder creadora es la síntesis de la voluntad que ordena, que obedece, es dinámica. Deleuze define a la voluntad de poder como quien quiere (1971: 73), es la fuerza que ayuda al hombre a superar la moral del esclavo, a marchar hacia la vida, hacia la evolución vital.
2.3.- Preámbulo al eterno retorno
Martha de la Vega, al hablar sobre el eterno retorno en Nietzsche, afirma que el eterno retorno nietzscheano es identificado con la vida misma, puesto que la vida es un tema ineludible en él. El sentido de la voluntad de poder creadora da el sentido a la vida y "el eterno retorno pone de manifiesto el juego cósmico de fuerzas, el cambio, la destrucción, el dolor, la lucha, cuya realidad última es el devenir" (De La Vega, 1980: 516). Entonces, cuando Nietzsche habla del eterno retorno se refiere a una selección vital, determinada por una voluntad de poder creadora.
Metafóricamente hablando, el eterno retorno es un aro circular y eterno. Todo es uno y la fatalidad es inevitable, porque el fin se transforma en inicio y éste, a su vez, en fin. Todo es un devenir y un repetirse evolutivo de la vida misma y del cosmos.
2.4.- El superhombre
A Zaratustra le visita un adivino, éste le explica sobre la identidad de todo. Le advierte sobre su último pecado, la compasión. Escucha gritos de auxilio, gritos de hombres desesperados, pues ellos sienten náuseas de la plebe.
Zaratustra, con su canto de felicidad, atrae a los hombres, este canto es el riesgo que encuentra cuando topa con los hombres desesperados, que en primera instancia están insatisfechos por la vida que llevan. Entre estos se encuentran los reyes, el concienzudo del espíritu, el mago, el Papa jubilado, el más feo de los hombres, el mendigo voluntario, la sombra viajera; todos estos tienen una peculiaridad, pues buscan al gran sabio que les enseñe la novedad, algo nuevo. Acogerá a todos los hombres, que posteriormente se darán cuenta de que eran simples payasos, pues no ingresan en su ocaso y vuelven a la rutina que vivían. Buscará deshacerse de ellos, lo que sólo le será posible a partir de la llegada del signo que él espera: el superhombre.
Para Zaratustra el hombre superior es guerrero, bien nacido, que contradice al espíritu de igualdad, de la pesadez que afirmaba que todo hombre es igual ante Dios. Afirma que Dios era obstáculo para el hombre. Si Dios ha muerto, tiene que resurgir el superhombre, el primero y el único capaz de superar y conservar al hombre, el que se convierte en Señor, el que supera las pequeñas virtudes, el que domina el miedo con orgullo ante un abismo, el que ingresa en su ocaso para un nuevo amanecer. Sube con su propio esfuerzo a la cima, sólo así el superhombre estará en lo alto, como un águila.
El hombre superior arregla lo estropeado, tiene una vida dura, es cauteloso ante la honestidad, desconfía ante ella, mantiene secretas sus razones; no se hace adoctrinar con los llamados doctos por ser muy estériles, fríos, secos; miente porque comprende la verdad. La virtud del superhombre está en que no actúa "por" ni "a causa de" ni "por qué", esto sería actuar como gente pequeña, conformista, como la plebe.
Zaratustra adoctrina al superhombre en la virtud, aconseja que camine por las sendas conocidas si quiere ser el primero y no el último. Que no sea necio en ser conformista, ni estancarse en fundar una casa que enseñe el camino a la santidad, pues sería fundar su propio asilo de soledad. No ser estatua rígida, insensible como una columna, el andar revela búsqueda. Debe reírse de sí mismo, porque esto es indicio de madurez, porque se ama a sí mismo. Debe reírse también de todas las cosas buenas y de todo lo que ama su corazón. Zaratustra es el que ríe de verdad, no es condicionado ni impaciente, es loco; pero de felicidad (Nietzsche, 1985: 415).
La filosofía nietzscheana está integrada, entrelazada, por la postura de la muerte de Dios. No orienta a los valores sino da a conocer al superhombre para que sea él quien sustituya a Dios.
3.- La muerte de Dios en el cristianismo
La doctrina cristiana gira en torno a algunos temas teológicos difíciles de agotar en un artículo como éste. Nosotros trataremos sucintamente algunos de ellos, los que más tienen que ver con nuestro tema.
El dogma de la Santísima Trinidad, núcleo de fe y de vida cristiana, que enmarca a Dios Uno y Trino, que por sí mismo es eterno, sabio y grande. Dios es Padre único, increado; el Hijo viene de Dios Padre; y el Espíritu Santo proviene de ambos (Dezinger, 1955: 22).
El pecado según la tradición Católica tiene una óptica enmarcada en la Biblia, donde se narra que al principio todo lo creado por Dios era bueno, no habían acciones negativas. El hombre vivía en armonía consigo mismo, con la naturaleza y con Dios. Pero a partir de la desobediencia del hombre y del querer ser como Dios entró el castigo, la desigualdad, las enfermedades y todos lo males que aquejan a la humanidad. Por esto Dios envió a su Hijo único para que se encarnara y llevara a cabo la reconciliación de la criatura con el Creador.
El misterio de la encarnación es, pues, la explicación morfológica de Jesús, nacido de María Virgen, desposada con José, y que antes de convivir estaba embarazada por obra del Espíritu Santo (Mateo 1, 18). La encarnación fue debatida en el Concilio de Calcedonia, resaltando sus dos naturalezas (Hijo de Dios, Hijo del Hombre). Jesús realiza una presencia activa, realiza signos, milagros, prodigios para reconciliar a la criatura con su creador; tildado en muchas ocasiones como un "loco", escandaloso, al proclamar la doctrina del amor : ámense, como yo los he amado; y desechando el pecado.
La mejor manera como nos amó Jesús y como nos enseñó a amar, fue haciendo el bien a todos y entregando su vida para la salvación del género humano. "Quien intente guardar su vida, la perderá; pero quien la pierda, la conservará" (Lucas 17, 33).
La muerte en la cruz, está articulada en una antropología aceptable para la dignidad del hombre. Cristo abrió las puertas a la otra vida, a la esperanza. La cruz es signo de la perfecta geometría de amor, de transfigurar al hombre desde y para el amor. Con la muerte en cruz, Jesús, redime al mundo enseñando el camino del amor y de la entrega. Además, esta redención o purificación de todos los males de la humanidad, requiere de la participación en la fe de todos los hombres.
La muerte de Dios en la cruz, para el cristianismo, es signo de vida, de gloria, de victoria sobre el mal que agobia al hombre. La muerte de Dios en la cruz es signo de vida para el hombre y la entrega en el amor es el camino seguro para su felicidad.
3.1.- Paralelismo entre las posturas nietzscheana y cristiana con respecto al tema de la muerte de Dios
Nietzsche en su filosofía presenta las cuatro directrices principales ya estudiadas: la transvaloración de los valores, la voluntad de poder, el eterno retorno y el superhombre; y tiene como hilo conductor la muerte de Dios. El realizar una transvaloración sólo fue posible anulando el valor supremo, es decir Dios, resquebrajando el todo único. El proceso de fragmentación le permite resaltar algunos valores negados. Este proceso es el contraste entre lo dionisiaco y lo apolíneo, entre la espontanei-dad y la rectitud. Para el espíritu libre significa humillación porque es volver a comenzar, a ser esclavo nuevamente. A partir de la fuerza de voluntad ingresa a entrever que el enigma del eterno retorno es superado si se lo descubre en el ocaso de la propia vida, sólo así podrá rechazar lo caduco y magnificar los valores denegados como vanos. El único que puede dar sentido a estos valores será el superhombre, aquel que ocupe el lugar de Dios. Nietzsche conoce al autor de la muerte de Dios, al hombre más feo de todos los hombres y, a pesar de todo, lo alaba por tal acción. En esto se nota que Nietzsche, al tratar de reemplazar a Dios por el superhombre, cae en un nuevo error, porque postula a un superhombre en el lugar de Dios. Pues, el matar a Dios es simplemente una ilusión, así como el tratar de crear al superhombre.
Nietzsche resalta la figura del hombre frenético, sin fe, originando risas, burlas, ironías, sobre la muerte de Dios: "¿Es que se ha perdido? ... ¿estará extraviado? ... ¿o es que se mantiene escondido? ... ¿tiene temor de nosotros? ... ¿ha emigrado? ... El hombre frenético ... gritó, ¡yo os lo voy a decir! ¡nosotros lo hemos matado ... Todos nosotros somos sus asesinos!" (Nietzsche, 1990: 115).
Rubén Horacio Ríos (1996: 29), afirma que la muerte de Dios es el inicio de un nuevo escándalo, porque en realidad muere la filosofía. Si no se tiene el principio fundamental que explique las causas últimas de las cosas (Dios) no hay dialéctica, ya no habrá un filosofar. La muerte cósmica de los valores dirige al hombre a la nada; ingresa al campo de la igualdad con las cosas, al plano de lo inmanente, donde el hombre adquiere la identidad de Prometeo.
El intento de manipular lo trascendente es un intento de la criatura que quiere figurar desfigurando al creador y esto es absurdo por ser el hombre un ser limitado y finito, que no puede crear algo mayor a lo que él es. Con la muerte de Dios la condición humana ingresa en un enigma ante la presencia de la muerte, del dolor, de la temporalidad.
La postura cristiana da una opción de vida, de aceptar la muerte como algo propio de la naturaleza humana e ingresa a los umbrales de la existencia futura; no se fundamenta ya una ley escrita, más bien es obra del Espíritu. La ley escrita da muerte, mientras que el Espíritu da vida (2 Corintios 3, 6).
El cristianismo implanta un régimen de libertad, donde Dios abarca todas las cosas revistiéndolas de luz sobrenatural. Dios no se ha estatizado ni anonadado, se ha infiltrado en la historia humana y ha seducido al hombre mediante sus manifestaciones para mostrarle el camino de la verdadera libertad y de la felicidad.
CONCLUSIONES El desarrollo del trabajo nos lleva a verificar que el matar a Dios, al principio constitutivo de todo, al UNO, al BIEN por excelencia, es ingresar en un vacío. La transvaloración de los valores, que intenta realizar Nietzsche, conlleva a una vida sin sentido para el hombre. El hombre sin Dios no vive como hombre; y si vive, vive buscándolo o confundiéndolo con las cosas.
La postura cristiana resalta la debilidad como fuerza de voluntad creadora, afirmadora. El hombre, por su espíritu participa de la unicidad del espíritu por excelencia. El cristiano o filósofo-vigía es aquel hombre que es consciente de su participación plena en la historia. El cristiano, al observar el mal y el caos del mundo no reniega ni se queda indiferente, sino que se inserta para darle soluciones, darle esperanza, darle vida allí donde hay destrucción y muerte.
El cristiano, al ser fiel al principio metafísico, ingresa a comprender el misterio de la encarnación como algo propio, ese algo es ser en el mundo, ser en relación, y a raíz de este comprender su fuerza creadora, ingresa en comunión con el misterio de la esperanza. Y este misterio le ayuda a asumir la muerte como un paso de la injusticia a la justicia, de la incomprensión a la comprensión, de la falsedad a la verdad. Todo a imitación del guía por excelencia, de Jesucristo.
El cristiano colabora al hombre en comprenderse como ser mortal e inmortal que implica vivir lo eterno. Que a través de su corporeidad consciente, puede y debe promover la transformación del cosmos, del mundo, de la humanidad, y de sí mismo.
El cristiano, a través de su fe y de su vida, es mensajero de reconciliación, es signo de Jesucristo, primer signo humano que vence a la muerte, y pasa a la actividad llena de gracia vital. El cristiano es signo de vida de esa sociedad nueva que todos anhelamos para el hombre de hoy.
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